Hay momentos que quedan impresos en nuestra vida, situaciones que quedan plasmadas en nuestra alma caminante. Recuerdos que se guardan en el precioso baúl del corazón. Cada momento con su propio valor, irrepetibles y únicos, que le dan sentido a nuestra vida, que son como ladrillos que cimentan nuestra construcción, el edificio que es la personalidad, alma y sentir. Cosas que a simple vista nadie puede ver, pero que forman una parte fundamental de nuestra persona. Y que basta de pronto mirar un poco en ese interior para ver momentos que tienen algunos ayeres y que aparecen delante de nosotros tan claros como si viéramos un filme.
Como le paso a un flaco personaje una tarde hace ya varios años, en ese pasaje de su ciudad natal, el preciso momento en que conoció a una persona muy especial, en una sala de vídeo juegos que presenció este primer encuentro. Encuentro en el que el pensó que ella era una chica maravillosa, original, única, ocurrente, espontánea y completamente bella. Aquella tarde tenía algo especial, ese clima ideal, el sol que adornaba un cielo azul reluciente, que hacia juego con el verde de los arboles de ese jardín del centro de la ciudad, gente pasando a cada instante, algunos paseando, otros metidos en el estrés del trabajo, absorbidos en las complicaciones de sus mundos, parejas paseando, familias caminando, esos señores que les bolean los zapatos, leyendo el periódico, la música que sale de ese establecimiento de videojuegos y de pronto todo aquello parecía detenerse o desaparecer, de pronto el sentía que solo estaba ella, la chica más linda que había conocido, con su chistoso overol y su blusa color amarillo mostaza que le hacía ver tierna y bella a la vez. Todo aquel cuadro parecía congelarse para quedar en la eternidad, pero momento que se vio interrumpido gracias al trabajo de aquel muchacho en una farmacia. La despedida fue algo triste pues no sabía cuando la vería de nuevo. Todo el cuadro pasaba una y otra vez por su cabeza mientras atendía. Su mundo estaba girando a mil, su pensamiento y su atención en un vaivén de suposiciones y de sueños, ¿en qué pensaba? ¿En que no la vería de otra vez? ¿En como la circunstancias y tal vez el destino habían conspirado para aquél momento se presentara? Cuando de pronto apareció en la puerta de aquella farmacia con un vaso de fruta en la mano, un brillo descomunal en sus ojos y una sonrisa que irradiaba una belleza sin igual, aquella fruta que competieron juntos y que a la postre sería la primera de varias tardes juntos. Y un momento que jamás se borrará, pues quedo impreso en su vida, plasmado en su alma caminante. Recuerdo que quedará guardado en el baúl de su corazón. ♥♥
Dedicado a:
Cecilia Margarita Salmerón Villanueva